miércoles, septiembre 10

Carta Diez

    Prefiero distraerme, aunque insista en encontrarme contigo en un abrazo, en un beso o en una caminata llena de silencios y miradas cómplices. Suena el teléfono no pienso atenderte. Quizá ya no quiera nada de ti. Me siento temblando cuando camino por las calles. Estúpida tristeza. Me detengo en la feria de libros y empiezo a detestar la idea de regalar a usureros mi dinero. Busco cambiarte por un buen libro y reparo con la idea consoladora que ya tengo más que uno en mi habitación. Te extraño, te detesto, mejor dicho, detesto estar lejos de ti por una culpa compartida. Por un error que apuesto olvidarás en un par de semanas y estarás riéndote a causa de tu exagerada exasperación. Sí, una mancha que ya no estará contigo ni siquiera para recordarme. Algo que de a manera de deseo perenne te obligue a llevarme contigo todos los días.

    Es medio día y tú haces una llamada en la que tu voz se vuelve impositiva, pretendes darme órdenes con la sola idea de que tu voluntad quiere devolverme algo prestado para que tu orgullo de mujer enfadada sea satisfecho a pleno. Sin embargo te doy la contraria, no quiero sucumbir a tu petición. He insisto hacerte saber que no me debes absolutamente nada y corto la llamada aunque pretendas obligarte a esperarme. Insistes más tarde en mi oficina pero mi negativa se vuelve más contundente. De nuevo una semana más en la que el apetito se minimiza y la sed es colmada con tres tazas de café por día. Paciencia, conmigo y ahora también contigo.

    Llega el final de la tarde y te pienso con rabia, incluso con ironía. Irónico el momento en que me decido por ti, cuando realmente no estás sola. Tienes a alguien que comparte todas las noches contigo. Mi mediocre determinación se torna más frágil para luego disolverse en rabia. No quiero llevarte en el pensamiento. Estoy en una librería, y tantos libros y baratos por un impulso pagaría por llevarme todas esas novelas interesantes que en realidad cuestan tanto en una librería de lujo y, yo me doy el lujo de despreciarlas porque ya no quiero seguir dilapidando mi tiempo en la ansiedad de tenerte en mis manos o a un libro. Encuentro “Las cuatro Plumas”, vi una película cuya versión me atrajo a buscarla en libro hace mucho tiempo. De pronto un vibrar de teléfono en mi bolsillo del pantalón, estoy seguro que eres tú, no quiero responderte. No deseo oírte aunque tenga enormes ganas de escucharte decir, por lo menos, ni nombre. Pero no.

    El absurdo de relacionarme contigo ¿de nuevo en lo mismo don Enzo? Asaltando el hogar de una mujer que con el paso de los años se va cimentando o, arrastrándole al conformismo, a pesar suyo por la costumbre. Y por el miedo a enfrentar a alguien con quien pasó momentos estupendos, ese tipo que siempre le gustó y llegó a disfrutarlo tanto. No, no creo que hayas encontrado tan poco en él como para luego detestarlo, que incluso te haga renegar de ti misma. Me pregunto si te arrepientes tanto de haberlo conocido, de haberte entregado a él una y otra vez, supongo es o fue el hombre perfecto, adecuado a tus exigencias morales u otras cualidades que hicieron enamorarte perdidamente, el culmen exacto de belleza y personalidad masculina que tus sentidos reconocieron y motivaron a decidirte por amarlo con pasión, de tomarlo con lujuria; quizá tu “subconsciente” lo prefería tanto al punto de regalarle una hija. Cierto, un bonito fruto de tu amor por él. Quizá, realmente sigas amándolo. Si soportas tanto de él y con él, será indudablemente que persigues renovarle tu confianza. De repente te pones a prueba a ti misma al involucrarte conmigo para refinar y reafirmar la verdadera necesidad de contar siempre con él. Y si es así, por favor no me tomes por tonto, que al final del día, mi amor por ti pueda que ya no aguarde por ti; cuando mis ojos y mi corazón descubran que estoy equivocándome contigo, simplemente te lo haré saber. Y la distancia entre tú y yo, por tu fastidio actual, empieza a embarcarme. Por un momento, decido esperar.

    Retorno a casa y dejaste un mensaje por teléfono, claro, que volverás a llamar. Empiezo a sentir un gusto extraño porque me busques, intensamente. Subo a cambiarme de ropa y echado en la cama no despierto hasta luego de una hora. Noto en la pantalla del teléfono tu número. Al fin, decido devolver tus llamadas y contestas algo contrariada pero con cierta firmeza de no querer cortar. Estoy algo cansado pero mi curiosidad por escucharte puede más que mi ánimo por cortar la comunicación. De nuevo vuelvo a caer en tus redes, como pececito nadando en solitario debajo de la proa del bote de tu seducción. ¿Por qué?


    El resto de los días se pintan de un color gris mezclado de un rosado Ak que intento disfrutar, y hoy me recuerdo lo escrito ayer, entonces lo que viene ha de ser meticulosamente realizado con seriedad. Y prefiero callar, mirarte a los ojos, y no te culpes por desear tratarte a partir de la fecha con diferente entusiasmo. Te quiero, te amé… Igual me es difícil desear dejar de amarte.

martes, septiembre 9

Carta Nueve

    Llega la noche y la única cosa que quiero es hacerte notar que tengo la absurda necesidad de sentirte en un abrazo profundo, de esos que tú únicamente sueles hacerlo, dejando al despegarte tu perfume en mí cómo si quisieras marcar tu marca personal en mi olfato. Sí, eso quiero. Tu cuerpo cálidamente impregnado entre mis brazos y mi pecho. Te extraño, y mucho.

    Llega un mensaje como respuesta a mi petición y me dices que deje de llamarte y enviarte mensajes. De acuerdo, mi corazón no está presto para un nuevo dolor. En fin, mi ánimo por escribir con odio o anotar frases de despecho ingeniosas no vienen a mi cabeza, la tristeza intenta suplir al oxígeno que respiro. Opto por prenderme de la alegría de mi familia por la noche que decidió compartir conmigo.

    La alegría de R. supera cualquier enemistad para contigo, y para con el mundo. Descubro inopinadamente que mi tristeza no tiene importancia para ser compartida, al menos hoy y menos en ésta o cualquier circunstancia que valga la pena cuyo peso lo amerite.

    Llegan J. y P. una hora antes de la medianoche y compartimos pizza y una botella de  vino. Hablamos de Layla y, sin menoscabo de mi actitud frente a las mujeres cuando me les cruzo por su camino. El estado de mi soltería les preocupa tanto cómo a mí. Les convenzo de la desafortunada suerte que persigo al escogerlas. Comparto con ellos mis cuitas contigo, y en cierta medida con ellos me reservo con respecto a la verdad total, no les miento, tan sólo les cuento lo que considero escencial. Es que tú, por el momento retornas a ser intocable, casi inalcanzable a pesar de lo que pasó el sábado por la tarde. Y puedo concluir que la brevedad de nuestra “peculiar” relación deja muy poco de elemental en mi experiencia amorosa con una mujer como tú. Termina la reunión concluyendo que debo tomar una actitud algo más independiente, salir más a menudo y conocer a gente corriendo el riesgo de ganar más alegría en mi vida.

    Me dejo arrastrar por una sola idea, tu mensaje es como una despedida intempestiva que hace que un adiós traiga un buen recuerdo o un montón de deseos que hubiese querido cumplir y es el hecho de reflexionar, justo hoy, un día común que podría tener otro significado, algo de especial si me decido a agregarle este giro. No tengo por qué engañarme, pero en mis planes estabas tú y ahora que ya no estás, me obligo a cambiarlo todo, tal vez, empezar a mirar hacia otra parte. La reformulación de mis planes serán distintos y algo nuevos, mejor: definitivos. Y es que, estoy en una etapa de mi vida en la cual necesito tomar decisivas y objetivas metas que incluyan una relación seria, y qué mejor que tú dentro de ella, pero te fuiste. Y ya no quieres estar en mí. Y lo afronto con el mejor de mi ánimo, porque he de corregir mi actitud para contigo o para con “alguien” que yo pueda merecerle. Quiero trabajar duro por ese “alguien”, por lo nuevo que quiero emprender, quizá por definitivamente crear y reconstruirme en una integridad fiel a mi cristianismo. Quiero fundar una familia, lo sabes bien. No  me importa llegar al punto de encontrar una mujer que tenga un hijo, que tenga un pasado gris, oscuro o de cualquier tono, o de enamorarme de una prostituta cuyo pasado pueda ser una carga que me impida confiar en ella. Estoy seguro que cuando se ama de verdad esas cosas no interesan, el amarla me haría ver o descubrirle algo nuevo cada mañana, en cada encuentro. Lo importante, darme por completo a ti o alguien que esté dispuesta hacer lo mismo. Y es que me ciño a la consigna del Camino: darlo todo o nada, o frío o caliente, nunca buscar la tibieza. Pues, cualquier síntoma de mediocridad en el amor, se convierte en conformismo, en dejarlo todo a la costumbre y no al permanente estado de búsqueda de elevación. Digo, el todo te conduce a volar.

    Llega la hora de dormir y no, no quiero prolongar mi ánimo por pensarte. El desconcierto que engendraste en mí con tu último mensaje tiene tinte de aquél que quiere o intenta resquebrajar mi pulso. Es que, me partiste el corazón.

lunes, septiembre 8

Carta Ocho

    Despertar cada mañana sin rezar se hace repentinamente una costumbre que retorna para no irse fácilmente. Si papá Ratzinger se enterase, me reclamaría con objeciones morales cargadas de premisas logísticas inadvertidas por mi inteligencia precaria, para luego tomarlas como tarea a cumplir cual penitente satisfecho. Llego a seguir tu nombre para pensarte con indulgencia. Con un sentimiento de inseguridad por no saber cómo te está yendo, por si de repente has sido maltratada o vejada por un “conviviente” traicionado, enfundado por uno celos que quizá propicie un desquite por todo desplante que le hayas ocasionado muchas veces. Igual, pienso lo mismo acerca de ti, porque con esa furibunda actitud tal vez seas tú la que sepa defenderse sin necesidad de ayuda física contra él.

    Te tengo presente, a pesar de todo, estoy pre asumiendo tu presencia. Me preocupas, y un breve enojo me salta a los ojos para desearte no volverte a ver sin embargo me nace una imperativa fuerza para despejar mis dudas y llamarte, dan la una de la tarde y al tercer llamado respondes con la misma seriedad y tosquedad del sábado. Tan sólo te llamo para saber cómo estás y espero que me disculpes y que pase tu enojo, y corto tan rápido para no seguir torturándote con mi voz.

    Tú no estás bien, tú no debes trabajar aún, primero necesitas curarte, y es tan evidente tu mala salud que casi podría asegurar necesitas atención médica psicológica y neurológica. Tu apariencia algo descuidada denuncia que el imbécil con el que vives no se interesa por verte bien, por aprovechar de lo queda de tu juventud. Tu belleza en algún tiempo más terminará marchitándose y más por culpa tuya porque con respecto a ti misma eres tú quien debe poner el máximo empeño por mejorar. Aún tienes más años cuya esperanza puede ser positiva para ti, si luchas por salir adelante y más, si dejas que colaboren contigo a personas que tú percibas que te quieren. Pide ayuda, quizá algunos hermanos de la Comunidad podrían darte una mano, en mi caso te ofrezco las dos.

    Te pienso cada vez más, y de nuevo la nostalgia por ti me quiere envolver en un mar de dudas, respuestas y suposiciones exageradas. Prefiero ocuparme en hacer otra cosa y concentrarme en ella. Ya es suficiente contigo. 

domingo, septiembre 7

Carta Siete

    Parece exagerado mencionar que el día tenga nombre propio sin embargo, el grisáceo de mi semblante confirma el nublado de la mañana y mi tristeza pretende arrastrarme más a ella. No me permito apenarme más. Quizá el silencio sea una buena medida por mejorar mi pensarte y, a ti, supongo que lo mismo. Pueda que ayer a tu regreso al encontrarte con la evidencia de tu error, hayas decidido contarle a “él”, tal vez confesado lo necesario para ser recibida nuevamente a su redil y tú cual corderito descarriado vuelves a ser acogida para ser absuelta y ¿por qué no, consolada? O mejor “consolarlo merecidamente” a él para que puedas retribuir su perdón.

    ¿Qué rayos sigo escribiéndote cuando estoy tan atolondrado por una sensación de despecho? Sólo queda estar esperando alguna mejora repentina en algún momento del día. Procuraré distraerme de tu nombre leyendo o terminaré algún quehacer doméstico que necesita ser realizado hoy. El único deseo por ti es el de “ojalá estés bien a pesar de todo”.

sábado, septiembre 6

Carta Seis

    Recé Laudes con algo de entusiasmo nervioso. Me alegra estar de nuevo intentándolo una y otra vez, esto de revestir mi alma de la mejor de las fuerzas. Hoy te veré, aunque no estoy seguro de que si realmente vendrás. Tu tiempo, espero equivocarme, ya no es tuyo, es como si le perteneciera a la parte más negra de tu conciencia, esa que le gusta oscurecer tu sincera disponibilidad para con el mundo y para contigo misma. Descuida, sé muy bien que yo no cuento en tu tiempo, no podría. Sin embargo agradezco desde siempre el que fabricas para mí.

    Por la tarde.

    Llegaste, brillando, me da la impresión de sentirme ebrio, algo mareado, mi vista empieza a retorcer tu rostro, la deformación aunque es leve, te vuelve grotesca, quiero escucharte y de nuevo ese trance casi perenne de mutis tuyo, aúlla en mi mente, el mareo se torna obsceno y me fulmina un deseo de poseerte con lujuria, tan sólo me contengo y provoco robarte una sonrisa que disipa mi tormento hormonal. Tranquila, estás segura y te lo hacen saber mis ojos y mis palabras. Recurro a tus labios y un recuerdo de niño me viene a la mente, soy yo en la piscina, el mejor momento de mi vida dentro adentro del agua después de haber aprendido a permanecer en ella, y sí, quiero nadar en ti o ahogarme de la alegría inmensa que siento al tocar tu boca con la mía, de hacerme cada vez más pequeño, minúsculo, y quedar prendido en ellos, tus labios. Y tu ojos se cierran lentamente y ya herméticos siento toda tu fuerza en mi lengua y de nuevo tu labios. Intento respirar en ellos, nado rogando al cielo no salir de esa piscina nunca. Mis manos tocan tu espalda empiezo a tocar la piel de un cuerpo que no puedo ver aún, tu cuello se convierte una tersa piel de durazno que buscan mis labios acariciar, tu complacencia me motiva a más, te vuelvo a mirar a los ojos y descubro que no son los mismos con los que me dispuse intentar aprender a amarte. Pero un miedo nace en mí e intento disiparlo descubriendo mi emoción en ti. Aún motivado por la humedad de mis pensamientos engendrados por tu boca, te digo que te quiero, eres la raíz del tallo de mis pensamientos, te quiero, te quiero y tus labios sólo me responden con besos más profundos y prolongados,  tocas mi pecho e intento imitarte, te asombras y luego los dedos de cada una de tus manos apresan los míos, mi cuerpo se une al tuyo, esa segunda piel, nuestras ropas, son la muralla formidable para contenernos sin embargo siento tu mano desnuda acariciar mi espalda, y esa piscina se convierte en río que busca fluir más rápido para llegar al mar, susurro a tus oídos mientras busco tu mirada de durmiente y toco tu vientre y, por un instante admiro tu ombligo cómo a un escudo que protegía la fuente de vida que hubo tras él, siguen bregando mis manos desobedientes y mis labios logran encontrarse con dos fresillas perfectas cuyo sabor alimentan mi amor por ti. Te deseo más y más, y tan sólo basta mencionarte unas palabras que surgen a modo de susurro y nuestra respiración aún no tan acelerada, y me dices no. Y nos detenemos. Cierto, que alegría en mi corazón, y es que, nos recordamos que podemos y queremos continuar sin embargo no debemos. Y créeme ahora estoy más convencido de respetarte cada vez más y también a nuestro deber.

    Quise mostrarte mi arsenal de libros, al principio te negaste y luego nos encontramos frente a él, con conocido desdén mencionaste que ya te lo imaginabas, mientras un leve hurgar de tus ojos en las paredes encuentras la fotografía de una mujer cuya respuesta adelantada no sale de mí, y tu gesto en la pregunta es de intriga, algo de fastidio y a manera de juego golpeas mi rostro e intentas patearme entre las piernas, y te respondo que es una amiga turista que difícilmente podría ocasionarte celos porque está tan distante que no habría sentido en que te los provoques. Un afán por abrazarte surge en mí, y decido antes estudiar la luz de la tarde que penetra por la habitación y que dispara en tu rostro, y en cómo ha cambiado el total de tu apariencia, mi ojos te recorren lentamente mientras tu movimientos al hablar se tornan gratos, me infunden alegría plena, de repente noto una marca en tu hombro izquierdo, volteas a confirmarlo frente al espejo y te pregunto si estás bien y un silencio total empieza a alimentar rabia en ti, dices ¿y ahora qué hago? Sonrío nerviosamente para tranquilizarte y te pido perdón, de nuevo un silencio cuya molestia se va afirmando con tosquedad, volteas a mirarme, haces un gesto de burla ante mi contrariedad por tu fastidio y revientas en furia plena con tu brazo levantándose para que tu mano se estrelle voluntariamente en mi rostro y decides salir de mi habitación tan pronto sin preocuparte en voltear. Tu resolutiva rabia aniquila tu bienestar previo. Tan sólo deseas retirarte sin palabra alguna, te convertiste en la más encarnizada amazona cuyo plan de retirada contiene una firme e intransigente negativa a la tregua. Y te marchas dejándome con una sensación de culpabilidad que se prolonga hora tras hora.

    La tarde se hizo gris velozmente te alejaste de mí borrando tu brillo y haciéndose una estela minúscula cada instante, te llamo para disculparme o simplemente saber de ti, tu respuesta oprime mi corazón por un enojo que parece imparable. Llega la noche y me cuestiono, pero luego prefiero contener cualquier afán por seguir escribiendo. Quedo incluso decepcionado de mí mismo.

viernes, septiembre 5

Carta Cinco

    Descansé mejor. Leer algunas líneas del texto de papá Ratzinger me anima a ser más disciplinado. A mitad de la noche olvidé apagar la luz de la habitación y al abrir los ojos estaba en el piso un libro suyo que intento acabar de estudiarlo éste fin de semana.

    Al alba me obligué a no pensarte y recé con intensidad el Angelus para no sobreponer tu nombre, descuida, no intento deshacerme de él tan fácilmente, es que, me es hasta casi imposible lograrlo. Y, sí, recurrí a la Virgen María porque la asumo como una correcta ayuda en mi afán de sobreponer lo espiritual antes que un placer que aunque no me desgaste si que puede cansar.

    Volviendo a sentir nostalgia por Cerati, se me ocurrió compartir el duelo con Layla (la pretendiente que me hizo reconocer que el orgullo argentino es más pesado y efectivo que el del arequipeño) enviándole un ramo de flores y alguna frase de su canción “Puente”: Hoy te busqué en la rima que duerme con todas las palabras. Si algo callé es porque entendí todo, menos la distancia. Desordené átomos tuyos para hacerte aparecer... Y quedar satisfecho con el sabor en la boca de nunca pretender robarle un beso antes de un “no” contundente.

   Llega la noche y mientras sentado dispuesto a tomar el té, tu nombre, cual visita repentina se me convierte en necesidad de ser pronunciado a tu oído y te confieso, borré tu número para no recurrir llamarte a cada instante o hacer una llamada inoportuna sin embargo molestando a algunas personas logré obtenerlo. Pensé que al invitarte mañana esperaba una negativa que me impulsara causarte algún fastidio involuntario así recordarme que no estoy en condiciones de planear tu itinerario de novia recién conquistada. Aceptaste mi invitación, no sabes qué velocidad tomó mi pulso. Y mi sueño, fue feliz.

jueves, septiembre 4

Carta Cuatro

    De nuevo la madrugada, el salterio está esperándome, allí sobre la mesa para desentumecer mi cuerpo del sueño y exultar al Señor en las Laudes sin embargo, tu nombre otra vez se cuelga del primer instante de mi despertar, del clarinar de mi mente, Ak se antepone a todo. Encontraré el modo de no seguir así pues no puedo depositar mi espíritu en la fragilidad de tu presencia. Es a Dios a quien, por todo cuanto poseemos nos debemos, el mundo, tú, los tuyos, los míos (que sólo son dos: Doña L. y R.) y por último yo.

    La tristeza sólo puede disiparse con una oración, luego encender el radio y escuchar la música apropiada para alimentar la mente con algún paisaje de imágenes en positivo; tal vez tu cuerpo post adolescente en la playa, el rechinar de tu cabellera castaña en una tarde a la orilla del mar de Mejía o, tu cuerpo moviéndose en una noche de baile en alguna discoteca. Quizá simplemente busque distraerme con la lectura de un libro que lleva mucho tiempo esperándome sobre la mesa de mi escritorio. Escribirte un poema con versos cuya concatenación de sus palabras contenga inicialmente las letras que componen tu nombre.

    De repente recuerdo que dejé relegado semanas y semanas algún libro del Papa Ratzinger, su escritura es de la más atrayente para mi gusto. Su calidad sobresale sin que esfuerce la búsqueda de comentarios de terceros para convencerme que vale la pena leerlo, estudiarlo, preservarlo en la memoria. Sin exagerar, es un tipo genial, un gran espíritu que la humanidad no debiera opacar con el tiempo. Cuando leí su renuncia al trono del apóstol Pedro, percibí el abandono de un papá que no quiere volver a casa porque le cuesta imponer autoridad y, me equivoqué, no sólo hizo un acto imperativo de hombría en las circunstancias en las que se encontraba, su gesto de humildad agrandó su puesto en la Historia y en mi manera de comprender la fe. Y, es así que desde aquél día decidí adoptarlo como un padre intelectual.

    Fui a visitar a mi madre, lo hice porque se lo prometí. Y cumplir una promesa de aquí a un tiempo atrás me era fácil no hacerla. Duele reconocerlo. Admitir que la mayoría de las veces endurecí el rostro para serle indiferente a mi palabra. Mi código de honor inconcluso en su base, endeble en apariencia y ridículo en su totalidad a causa de negar mi adultez, de no verme frente al espejo más a menudo para reconocerme como el hombre integro que hoy pretendo construir. Doña L. me recibió con una sonrisa y más porque entré animado a regalarle la mía. Nos vemos a los ojos y me hace un gesto infantil (arruga la nariz y levanta sus hombros en señal de desconcierto) y su silencio repentino junto al mío es lo mejor que sabemos compartir, nos convertimos en extraños comunes cuya familiaridad es la costumbre de necesitarnos mutuamente, como un gatito pretendiendo acurrucarse al calor del vientre de una maternal leona.

    Voy camino a casa, caminando por las mismas vías desde mi adolescencia, y de nuevo tu nombre sale al encuentro de entre mi memoria y la indisciplinada costumbre de no ser contundente con mis propósitos de cambio. De querer cambiar mi actitud para contigo, con el mundo y de mí mismo. Tu nombre se vuelve un lastre que no deseo arrancar de las entrañas de mi pensar. Tu cuerpo, cuya figura érase una vez perfecta en la media noche de un verano ahora muy lejano vuelve a mi retina para luego regalarle una sonrisa imaginaria. Tonto, sigo aferrado a ti porque me cuesta huir de la sinuosa indisolubilidad de tus labios en los míos. O, será que me niego a borrar la tibieza de tu lengua en la mía para seguir en ésta intromisión ilegal en tu corazón.


    Llego a casa enciendo el televisor y el noticiero está haciendo una semblanza de la vida musical de Gustavo Cerati en Soda Stereo y la canción que mejor recuerdo es justamente aquella en la que tú te me haces la perfecta protagonista de “Trátame Suavemente” pues, es cierto que tu “blusa atora sentimientos que respiras. Te comportas de acuerdo con lo que te dicta cada momento y esta inconstancia, no es algo heroico es mas bien algo enfermo”.