martes, septiembre 20

Allá...

       De nuevo con una extraña sensación de suicidio. Intento alojar en mi habitación una bala, la cárcel no me conmueve. Sigo arrastrándome a la apatía, puedo leer y leer durante horas sin embargo jamás escuchar. Quizá sea mi soledad, me dejo llevar por ella. Llevo algo de dinero en el bolsillo, podría recurrir a alguna droga, tampoco quiero eso, ya le perdí el gusto. Estoy parado en la puerta principal y cada pierna me contiene pues ¿adónde ir?. Prefiero volver a una celda para jugar con el hedor del ambiente creyéndome que alguien me acompaña. Mi casa, habitarla, no me sirve.

       ¿Amigos? Ya no los hay, ni sé si los tuve. Completamente solo. ¿Buscar una mujer? Pese a disminuir mi distanciamiento de ellas me cuesta volver a alguna. Alguien me preguntó qué he de hacer para calmar los ímpetus de mis hormonas… Sólo rezar.

       ¿Qué si estoy deprimido? Tal vez, pero créanme, no disfruto estar así y mucho menos cuando estoy sano (sin químicos ni nada que se le parezca para “disipar” mi malestar). Hoy deseo llorar y no puedo. No hay escapatoria para la ira que lleva mi memoria, mejor, mi “presente”. Es que mi pasado me condena y acusa con tan señera rabia que me siento frágil. Cómo un muñeco de trapo dispuesto a ser mangoneado por cualquier fuerza humana o sobrehumana.

       ¿Qué si puedo proferir una mala palabra? No. Se me quedó plasmada en mi “habitación” gris aquella frase de que, el tipo que se expresa tan sólo con oraciones soeces es falto de imaginación. Digo, no es por presumir, pero quiero ahora más confiar en mi ingenio que repetir o proferir algo que atenta o acorta lo que quiero decir con mis propias palabras, con conjugaciones que expriman y decoloren esta atormentada materia gris.

       Empecé mal con Dostoyevski, “Recuerdos de la casa de los muertos” me hizo reír e intenté llorar mas no pude. Henri Troyat afirmaba que es una de las grandes obras del maestro ruso. La fuente principal donde emana toda la confabulación de sus novelas emergen de su experiencia de cuatro años en el presidio. Es el sufrimiento de allí y de antaño que lo arrastra a no ser benévolo con nuestra psicología. Puede que haya muerto ahí, y luego intentase revivir, pero, aquello es una vil mentira. Nadie puede revivir, ni mucho menos sobrevivir. Es la vida. Aún en el Cuerno del África sus habitantes viven, es la crítica y la visión del extranjero que les limita esa vida miserable en sobrevivencia o supervivencia, y es que, el ser paria también es un modo de vida.

       Y sí, es que yo vivo, mis días sobre la faz de la Tierra son dictaminados por los bombeos de mi corazón. Voy camino a ser parte de la “evolución”. De hecho, puedo afirmar que el significado de mi existencia no se asemeja a ser el culmen de la tesis de Darwin. El espejo del ropero de mi cuarto, o el reflejo inopinado con el que chocan mis ojos me denuncian que estoy involucionando. Fuera de esta vejez prematura. La vida se me apaga ante los transeúntes.

       ¿Cómo es que estoy vivo? Mis dedos (sujetando un lápiz y aferrando el brazo sobre un papel en blanco, o posados en un teclado de máquina de escribir), son el combustible de mi alma. Le dan alegría y brillantez al grisáceo de mi habitación cerebral. Recogen el oxígeno que mi sangre alguna vez leucémica necesita.

       Endeble y no maleable. Santo y sin mérito blanco para alcanzar el cielo. Aun respiro porque mis dedos redimen un mal día. Me recuerdo que… ¡Quiero vivir!

lunes, septiembre 19

Aquí...

       No creo que se me haga fácil dilucidar nuevamente mientras intento reacomodar mis pensamientos, encuadrar cada una de las palabras que pueden transformarse en un mensaje de auténtico “grito“ de libertad. Después de haber pasado toda la tarde llorando por la suerte de Dostoyesvki a través de una infortunada biografía que culmina en gloria literaria muy a su pesar en vida y después de ella. La paciencia e inteligencia intelectual de un Troyat me deslumbró antes con la vida de Pedro el Grande. Ahora, con Fiodor Mijailovich me conmovió hasta los huesos. Ha tiempo que he leído tanto y nunca escuché entre líneas e incluso en los mismos párrafos. Todas esas novelas, aquellos tratados medievales, o ensayos filosóficos e históricos, siempre los ojeé, nunca los oí. Y es que ahora, hoy, acaso me decida escucharlos. Reviso inmediatamente las Confesiones de san Agustín y de nuevo, lloro a lágrima viva. Pues la semana pasada mis orejas eran las más dispuestas a hacer escuchar a mis ojos todo libro que se ponía ante mis manos, el primero, el del santo obispo, el segundo el “De Profundis“ de Wilde y lloré con más ganas. Al culminar su lectura-escucha recapacité y reconocí que es hora de despertar. Lo que poseo ante mi vista y leo no es mío, tampoco puede quedarse conmigo; pues, lo hurté y otros cuantos, incluso algunos CD de Bach y Mahler. El remordimiento y la consideración me hicieron devolverlos a sus dueños lugares, ajenos a mí y a mi casa.


       Acabo de salir de un enclaustramiento involuntario o a veces demasiado voluntario, el miedo, esta vez, me sobrecogió y anduve deambulando cómo aquéllas ánimas sin nombre y deseando jamás ser reconocido. Me amarré a la pata de la cama para cuajarme con el miedo y disimularle al dolor una indisposición infantil demasiado adulta. He intentado borrar todo vestigio de mi ante los demás sin embargo quedé siendo el mismo. Con las mismas taras y con la certeza insoportable de envejecer prematuramente.

       Qué es la libertad si no el alejarse del mundo y agostar el espíritu, desde el amanecer y hasta poco antes de esconderme entre las sábanas a medianoche. Libre, libre, al fin y al cabo… Nada de eso, suena a mentira. Continúo como anacoreta político entre las veleidades del trabajo, de mis deseos literarios y la misoginia que pretendo desterrar también “ha mucho tiempo”. Escupí muchas veces al cielo y de nuevo fui reo de testarudez ¿Qué es la cárcel para mi? Todo y nada. ¿Pisé algún presidio? Muchas veces. Es que, también, existen cárceles sin barrotes, quizá una ideología empolvada y llena de telarañas; tal vez una manía parafílica sembrada en el orfanato, una letanía que va deshaciéndose a medida que olvido repetirla en los momentos más cruciales del día; el cuerpo de una amante cuya lascivia era destructiva; las oficinas públicas o privadas que transito. La cocina de mi madre y, por último la habitación de mi cerebro siempre equidistante entre el pasado remoto y el pasado reciente. Pues el presente aún no habita en ella...

       Todo lo aprehendido queda en reserva para mi espíritu. Fiodor Mijailovich me llama y esta semana la pasaré con él y, es que escuchar a Prokofiev no basta cuando una sinfonía literaria acusa con golpes intransigentes a la puerta de mi pasividad…

jueves, abril 29

De nuevo la simplicidad o The last letter for...

Eli:

Quisiera empezar preguntándote cómo estás, qué tal te va o simplemente llamarte por la tarde y preguntar ¿qué almorzaste hoy? Pero creo, que a ti ni a mí no nos interesa tal cuestión. Pero hasta hoy me preocupaste, me importaban mucho tus estados de ánimo, tus dolores menstruales; incluso comprarte algo para hacer que te sientas bien, mientras no se me adelantasen las dudas al recordarme que antes viste a tu mascota para alcanzarle su merienda de la una de la tarde. O, mirar los movimientos de los músculos de tu boca mientras masticas lo que menos te gusta al acompañarme a la hora del almuerzo. Quizá, hasta preguntar si te sientes a gusto o “bien” mientras me haces el amor entre las sábanas de mi cama. Y sentir tu piel entre la mía o tus labios entibiando mi sexo.

Ésta es la última vez que te escribo. Es el momento que no anudará posibilidades, ni buscaré futuros. Simplemente, el pretérito de nuestras emociones sobre-saldrán de acuerdo a cómo estoy escribiendo. No quiero retener mi impulsividad ni la espontaneidad de mis últimos pensamientos que empujados por tu nombre, por tus piernas y también por tu parte de adelante se desprenden lentamente y convencidos de que no volverán a desearte. Guardo un extraño sin sabor por mencionarte hechos que, no te miento, quise repetir hasta hace un minuto, incluso mejorarlos. Quizá regalarte una sonrisa, robarte un beso y de repente volver a exprimirnos hasta consumir nuestros huesos.

Te quise, te quiero porque eres parte de mi historia cómo yo lo soy de la tuya, y aunque con el paso del tiempo nos volvamos insignificantes mutuamente, tendremos que sonreírnos con extrema cautela para no dañar lo mejor que vivimos. La sucesión de los días se encargarán de remitirnos indiferencia y concluirán en nostalgia vana. Es una obligación que, por tu parte, has de cumplir, esa la de no mencionar mi nombre, la de reventar en rabia si me ves por la calle y no te salude, pues bien lo sabes, tu amistad no me sirve; precisamente porque me haría sufrir crónicamente al no poder morder tus labios, no confundir mi lengua entre tus piernas intentando conseguir penetrar físicamente en ti y hacer de tu útero mi casa donde me resguardo y el hogar donde tu calor nos alimentaba de amor. O simplemente, como un chiquillo, dejarme llevar de tu mano en una tarde de lluvia aunque estés enojada por mi culpa.

El silencio, la mudés con la que llegué a desquiciar tus días hasta hace poco, te confieso, también me dolía impartirlo. Creo, es mejor aunque pueda que haya muchas cosas qué decirnos, lo dudo de mi parte pues, me parece siempre hablé hasta el hartazgo y tú dando respuestas cortas que carecían incluso de sentimiento sincero. Ahora, callo y para siempre. Ten en cuenta que no me oculto, puedo y quiero mostrar la cara e intentar, inopinadamente, fabricar lo mejor de una sonrisa honesta, no más.

Perdóname por ser impulsivo y a veces repulsivo en momentos inoportunos. Perdóname por ser tan exigente y es que cuando amo lo único que puedo reclamar es más amor.

Te amé, te amo y aunque no lo creas, serás menos libre sin mí y, yo sin ti, igual; el mundo me aprisiona nuevamente, arrastra mis piernas para confundirlas entre la maleza de todos los días; y la calle torna nuevamente el gris del smog en mis narices para recrudecer por la noche de regreso del trabajo sin que ya no vuelvas a limpiar mi rostro para luego desvestirme y yo hacer lo mío con tu saco, la blusa y demás objetos que te protegían de mi libido.

No puedo seguir, tu tiempo es valioso, el mío… ya no importa. Estoy solo y contigo dentro de mi.

Adiós

jueves, junio 4

Otra vez Eusebio

Me encontró en la calle, quería hacerme preguntas de las que a uno le inquieta dar respuestas inmediatas. Llevaba un montón de palabras listas a apuntarlas en mi cuadernillo que llevo siempre en el bolsillo del pantalón. Cuando pienso en escribirlas, me provocan anotarlas en cada cinco o seis palabras, con tres puntos suspensivos, cómo si quisiera seguir dejando en el aire ideas muy propias de mí. Precisamente cuando salía de una tienda de libros. Tardó en dirigirme una primera palabra. Notó que tenía la cabeza gacha y extremadamente pensativo en mí andar ¿En qué piensas? Dijo, cuando levanté la vista para evitar chocarme con él. Le respondí con una mayestática mirada rabiosa como saludo. No quería yo perder la pista a la retahila de imágenes que imploraban ser descritas sin verbosidad con mis manos. Es cierto, tengo las manos desesperadamente impacientes por escribir. No sé por qué pierdo esa emoción gigantesca de escribir y escribir cuando salgo de una librería después de hora y media o más de revisar títulos, leer reseñas, escudriñar índices, mirar carátulas insignificantes frivolizando a autores importantes y enalteciendo a desconocidos famosos del momento. Quería mencionar a ese poco conocido transeúnte, que quiere escribir algo mío sin que la editorial Planeta mezcle con autores de moda y confunda la nueva vida loca que lleva la España trashumante de Zapatero, o que, Alfaguara carcoma mi nombre en ediciones pirata.
-Te he visto caminar así mucho tiempo, me preocupas ¿qué va ha ser de tu vida?
-Mi vida, uhm. Qué poco importa en este instante más que sólo a Dios. Sí, estoy solo. No porque alguien me dejase, si no porque quiero estarlo hasta que maduren mejor mis ideas.
-Entonces, eso, nunca ocurrirá.
-Puede que tengas mucha razón o tal vez, siga yo equivocándome para luego encontrar lo que buscaba. Es que, estoy siguiéndole la pista a ella. En cuanto la tenga, me mostraré de nuevo. O continúe dándome de bruces una y otra vez. Hasta de nuevo sangrar e intentar volver al Psiquiátrico. Hace 17 años que no visito aquel lugar. Sí, tenía trece la última vez que mamá olvidó recogerme de aquel lugar y regresar a casa andando tranquilo. Aquella vez no quise despedirme de nadie. El médico dijo que ya no tenía que volver solo, la próxima sería acompañado de mi madre. Nunca fuimos.

Seguimos caminando y llegamos a sentarnos en una banca de la plaza de armas para continuar acompañados de, un cigarro él, y yo una botella de yogurt. Había pensando no responder a sus preguntas de una vez sentados. Y me encontré algo emocionado por la buena disposición de su semblante y compañía al tornarse más interesante nuestro encuentro casual. Mientras el reloj de la catedral cuyas agujas de fierro oscuro aseguraban acercarse a las tres. El sol de la tarde abrigaba un poco mi vientre refrescado por el sabor a lúcuma de mi bebida. A veces es bueno callar, sentarse en un lugar como éste y mirar la gente vivir sus vidas en una tarde cualquiera. No te aflijas tanto con tu silencio. A tu edad quizá estuviese interesado en otras cosas, quizá los hijos, la esposa o mi obesidad jugándome malos ratos con el sastre. No entiendo por qué te matas de hambre por un libro. Mírate, tu flacura era de envidia, hoy es de lástima. Me pregunto de qué sirve conservar bajo tu cama setecientos libros, más de la mitad leídos y, otros olvidados por tus nuevas adquisiciones. Muchacho, el libro de la historia de tu vida está escrita hasta el prólogo y con algunas notas introductorias, el resto, te hace falta robustecerlo con páginas escritas con sudor, algo de lágrimas y, la misma sangre que lleva desde el principio. Entristecí al oír aquello. Quedé frío por un instante. Me descubrí tendido en el piso abandonado como un cuerpo de indigente asesinado por indiferentes miradas transeúntes. Alargué los brazos y luego mis manos cubrieron mi rostro, jugaba con mi vista con los dedos entreabiertos, intentando escapar del frío del viento, tapo mis orejas para no escuchar el trinar de las palomas. Sólo verlas volar enjaulando mi visión. Cuando me libere, volaré...

miércoles, febrero 13

Sin retorno

Qué decir acerca del año que ya se fue. Realmente queda mucho por escribir, (ése es mi sentido de fe en la vida). Antes, concebía el año nuevo, mejor, la medianoche de entre el último día del año y el 1 de enero el momento ideal para hacer balance de lo bueno y malo que hice y me falta por hacer, pero no. Luego decidí no ser un tipo light del montón, de esos que siguen las recetas de efemérides comerciales para que los demás le den visto bueno con tal de satisfacer su ego consumista. No. Opté porque cada nueve de setiembre sea un primero de enero que aguarda ser invadido por momentos decisivos en mi vida. Qué más da, tan poco me agradó tal asunto, pues esperar cada víspera de año nuevo (biológico) se volvía una antropófaga tortura inca de sabor agridulce. Las cuentas duelen, peor si recuerdas que las amortizaciones son punzantes para otros.

En fin. Cada loco con su tema. He de admirar cada vez con impaciencia infantil el amanecer del siguiente día para poder decir que no sobrevivo, ni mucho menos existo, ¡quiero vivir! Las recetas gringas y tradicionales me escaldan el cerebro, (jajá, cómo un nuevo disco de Arjona). Hum, las promesas. Carijo soy malo para cumplirlas. Ya nadie puede contar conmigo; cada vez que me fallan yo me vuelvo menos interesado en aquellos. Por un momento siento que pierdo el horizonte. Que las cosas que tengo siempre estarán conmigo, y la gente receptora de mis extractos de afecto, terminan por dudar hasta de lo que no pueda guardar en la memoria. Me he convertido en un espécimen con atributos de híbrido escolar y universitario por las noches. De día el trabajo se convierte en un tirano de ambiguos deseos. Hace tres días llegaba a pensar y decir esto: Ya dejé la lectura de novelas; leo manuales, revistas y a veces sólo duermo Es que dormir se me ha vuelto un vicio que va a terminar por colmar mi sensación de vivir cuando ando algo distraído. Pero esa celda ya no me gusta.

Hoy puedo presumir que me estoy enamorando nuevamente de la literatura. Ah la LITERATURA, fue la novia escolar que con cara de mojigata nunca me fue indiferente. Siempre me sonreía cuando la Maricucha (marihuana) no me visitaba. Cuando los amigos me aburrían con las mismos cuentos de aventureros a lo Sandokan. Cuando mamá culpaba al trabajo para no responder por mí ante el director del colegio, por mis días de inasistencia, por mis pésimas y mediocres calificaciones. O cuando a mis hermanas sólo les interesaba su vida personal y fregarme el día para expiar sus pecados ante mamá o mí hermana mayor.

Hablemos nuevamente de LITERATURA amigo mexicano, también he de ser más intimista contigo (me refiero a ser más sincero). Hoy es el primer día del resto de mi vida. He roto cadenas, abolido mi pereza y alimentado mi fortaleza de destructor para ser lo que quiero ser. Para vivir de lo que -estoy seguro- sé hacer. O tal vez, morir en el intento.

Amiga Sabinera, también extraño correspondencia contigo. Y, déjame decirte que casi estoy en tu misma situación… ¡Me estoy enamorando!

No puedo olvidarme de la Katirita que lucha por ser mujer en un mundo de bestias arrogantes. Aprendo de ella que la lucha por sí misma es más gratificante que dársela con los demás. Pero ojala descubra “mi Katirita” que la voluntad no lo es todo. (Schopenhauer -hay que admitirlo con humildad cartesiana- también te equivocaste).

No puedo olvidar a Alicia María ella es una musa en vivo y a todo color…

Tengo más que decir y hoy mi jefa se molestó por usar la máquina para asuntos que no son de la chamba… No importa… he vuelto… y eso me hace feliz.

Realmente soy de USTEDES amigos

Enzo

martes, noviembre 13

"Don Eusebio"

Su gordura es descomunal, sus pasos al caminar se afirman tristes y livianos por dos simples zapatos, que llevan en el interior extrañas suelas y plantillas hechas a base de felpa; cuyo cuero combina siempre con un maletín café, ambos, regalos de don Pedro P. Díaz. Nunca olvida llevar corbata y saco, las veces que no se los pone; le hace un tributo de grito silencioso a Fidel con la guayabera revolucionaria de una Cuba anquilosada en su miedo atemporal y, también el de siempre. Aunque, ya a medio día la corbata siempre está desajustada. Por la calle, la gente lo mira con graciosa hipocresía; los más pequeños le dan una sonrisa de maligna inocencia, las señoras de pueblo joven se regodean en el fuero interno de su ignorancia con adolescente maledicencia y, a las otras de ambiente in, les provoca recitarle la mejor versión de dieta americana o el cirujano plástico de mayor confianza y experto en tales menesteres, no sin antes, lamentarse por no ser demasiado prudentes con sus gestos evidentes de confuso asco y sorpresa.
Su nombre no importa, sólo a mí. Lo conocí en uno de esos días en los que inopinadamente por asuntos de mi oficio de vagocientólogo, toqué la puerta de su casa después de quedar absorto al mirar por la ventana de su sala: libros y libros. Tantos que, me provocaba una pena enorme si un incendio acabase con todos y yo no hubiera hurtado, al menos, dos ellos. Tiene una sonrisa exquisita, es cierto que, los músculos de su cara no le permiten ser más expresivo en momentos de quietud, pero, siempre su tez dibuja paz y alegría mientras habla. Rehuí ingresar a la casa. Lo poco que sé de él bastó para demostrar, sin exceso, mi admiración diplomática que aplico ante los individuos importantes de la ciudad (que se pueden contar como los dedos de una mano). Pensé que podría estar trabajando en alguno de sus proyectos de investigación antropológica, o quizá estuviese arremetido en la impronta descripción de alguna etnia preincaica en lugares alejados de ésta ciudad. Es que, no hay nativo más amante de su tierra que esté tan enamorado del hurgar en su pasado y el de todos, al menos en este rincón del planeta, únicamente él.
De lo poco que sé del historiador ya no importa. Es su presencia convertida en magnánima aquiescencia la que convoca contarles a mis lectores, el contenido del más mundano de los hombres sosteniendo a todos en su sólo cuerpo y paladar. Las comisuras de sus dientes revelan combates opíparos interminables en una juventud que ya resignadamente olvida. El erudito caballero no se esfuerza mucho en ser mi amigo y me convoca cada viernes a tener una disipante tertulia acompañados de café, no fuma al igual que yo, no por recomendaciones de oncólogo judío, sino por temor a que se nos quemen nuestros acompañantes albaceas de mentiras, medias verdades y una que otra versión de la Biblia editada en tiempos del virreinato, según él.
Este viernes -como todos- me obligo a llevar una botella de tinto sobriamente dulce, para; cubrir la mesa con algo que haga vernos la cara, hablar con los dedos, las copas con vino y los tallarines mezclados en ajo, cebolla, huevo y leche, aromatizados de orégano en la sartén, insinúen que somos los mejores “padre e hijo” que se odian mientras se alimentan, se aman mientras mutuamente nos volvemos a llenar las copas para champaña (a falta de las de vino), se respetan mientras uno escucha al otro y niegan su existencia cuando la noche acaba.
Olvidaste añadir el pimiento rojo. Y, la mantequilla que usas en vez del aceite tiene suficiente sal que no hace falta agregar más. Álvarez, te olvidas de muchas cosas y pretendes disimular qué poco me preocupo por lo que como, pero no. Hoy, terminas de malograr mi digestión al llamarme Eusebio que no me gusta, ¿qué clase de nombre es ese? No creo poder explicarle que, si mi padre estuviese vivo, contaría con la misma cantidad de horas y horas que sus narices respiran. Su mirada distraída mientras sorbe el vino es muy parecida a la de mi hermano mayor. Levanta más arriba el brazo izquierdo para darle al yaraví que suena en los pequeños parlantes empotrados en cada esquina superior de la sala, un tono acorde para la velada. El volumen de sus brazos desnudos ofende mi seriedad de monaguillo. Luego me mira con gesto de certidumbre. He notado desde el otro día, cuando visitamos la tienda de alquiler de películas que, tu rostro se parece al de algún muchacho de las carátulas de video, sí, he visto uno que recién acabo de recordar ¿qué dices? Mientras, pienso en responderle. Claro que sí, levanto mi voz de manera victoriosa, al de Rocco Siffredi, pero, luego mi voz se vuelve seca e involuntariamente digo, con un pequeño defecto. Me arrepiento de haberlo dicho y, él concluye ¿qué tan pequeño es? Cambia el estado de paciente espera con el de un mohín de catedrático conciliador. De todos modos eso ya no es para preocuparse, al menos a tu edad. Pocas veces me hacía sentir incómodo, creo que, esta vez no era una de esas, "aquello", en estos instantes no amilana mi ego imaginario de machito pipiléptico. Mis problemas de tal índole llevan a mi memoria buscar el día en que más me enfureció "aquello".

viernes, noviembre 9

Noticias

No quiero imaginar algo más, no puedo seguir siendo sincero y todo eso se vuelve demasiado falaz ante todo ser que me rodea. Había vuelto a pensar sin contar las horas en las que me dedico a existir. Todo acaba (ah, esa palabra “todo” me gusta mucho) pero el tumulto de personas que hacen un todo, me espanta. Mamá siempre me mira intrigada cada vez que pregunta si guardo basura en el tacho del baño o en mi habitación. Le respondo que no. Sin embargo tengo ese todo tan bien escrito que al final termina confuso en el agua del inodoro. Esa es una absurda manera de ahorrarse el papel higiénico, pero ¿no crees que es un tipo de medio ahorrativo?, es decir; en vez de gastar en papel en blanco mejor comprar un libro o libelos baratos para devorarlos sin remordimiento.

Acabo de tener una discusión con alguien que cada vez siente que le doy miedo. Me lleva veinte años, esa nimia diferencia se infunde en un abismal choque generacional que hace sin darnos cuenta pretender superarme y yo por estancarle, según mi arrogante suposición. No tengo títulos cómo él, no tengo camino recorrido ni siquiera a medias en cualquier materia estudiada en la universidad. No, no creo estar superándolo. Percibo que me tiene miedo por mi juventud más no por mi escasa e ínfima sapiencia. Se siente incapaz de discutir de literatura conmigo, él no sabe que me alimento de experiencia comentada o relatada con su actuar. No es un ejemplo idóneo pero, es el más cercano a mi círculo familiar que muestra mucho más defectos “humanos” y me encanta estudiarlo sin remordimientos.

He contado historias a mi trasero, por lo que me toca concluir. Contarle historias al mundo me parece pecaminoso si no destierro el residuo de inseguridad que me carcome ante la sociedad. Qué importa, todo sea por exprimir la naranja mecánica de mi cerebro. François Marie Arouet, es mi compañero de hazañas nocturnas después de reírnos con él y al lado de Donatien Alphonse François. Sí, para burlarnos y descubrirnos que hay un momento de nuestra existencia en el que el ser humano es el lobo que se disfraza de hombre para degollar a sus iguales.

Aquí, de nuevo solo, sesenta días después de llorar a Luciano y celebrar acompañado de Janis Joplin, pero no con un cigarro. Solitos, ella y yo. Recordando sardónicamente las veces que aún no la conocía y me encerraba en mi habitación, supuestamente para meditar, tapando las ventanas con frazadas, haciéndole el amor a maricucha con su vestidito de moño rojo para llegar a un paroxismo excitante acompañado de mi favorita de siempre: el Carmina Burana de C. Orff. Aquellos instantes in crescendo eran mi forma de sentirme cómo un héroe griego inmortal en plena batalla bañado de sangre y ejecutando al máximo enemigo, mi otro yo. Y ahora que, algunas veces pretende resucitar revestido de miedo cínico, me pide, que lo deje descansar. O que, vuelva a dejarme apresar.

Bolaño no me decepciona, me da mucha tristeza, sobre todo haber leído sólo un libro suyo. Y la más grande de las penas es que no volveré a leerlo dentro unos diez años. Lástima que muerto valga más que cuando en vida fue, será el mejor de su generación. Y sí, aún sigo soñando con los labios susurrantes de Norah sin llegar a eyacular en ellos…

Ah, de todas maneras Caracas (y otra ciudad) están en mi lista de itenerante necio...