miércoles, noviembre 12

A: Liliana (carta nº 1)

Siempre que te veo de pie aguardando por mí, no importa el momento del día, si hay poca o extrema luz que alumbre tu rostro frente a mis ojos; te veo igual, casi exacta, con o sin el Sol y a media calle, brillas. Ésta tarde te noté tierna a pesar de ocultar tu tristeza, pero la inmensidad de tu inconformidad con tu presente dispara confusión en tu mirada, intento saludarte con algarabía de niño que cuando al encontrarse en una circunstancia tan fascinante expresaría sin pudor la donación de sí mismo sin medir el peso de su pérdida, darlo todo y en esencia: siempre con alegría. Y, me detengo, reprimo toda emoción exaltada porque inmediatamente recuerdo mi situación, la de un ladrón que intenta entrar por tu ventana.

Pasa, que siempre quiero oírte, sin embargo tú, callada, sin decir o mencionar una palabra que nos permita entrar como en un habitáculo particular, casi propio, para poder estar sintonizados. Disculpa por favor, mi torpeza disimulada. Tan sólo hablo cosas ordinarias del día, asuntos sin importancia para ti, quizá alguna idea inútil para ti pero para mí de suprema importancia. Así, aunque no lo notes, siempre a la expectativa de tus palabras, a la espera de que recuerdes repentinamente alguna conversación pendiente entre nosotros, alguna respuesta que queda en tu memoria o quizá en el aire. Y, sólo silencio. Empiezo a estudiar involuntariamente tu rostro, y mientras te escribo saco a relucir en mi memoria la llave de esa extraña caja que intento ocultar férreamente con gesto de mal humor. Ah, si el corazón tuviera autocontrol (que sí lo tiene en cuestiones de emotividad) mis decisiones serían más puntuales o precisas. Es, la perfección de tu sonrisa, que hoy parece desgastada aunque no deja de ser tan idónea para siquiera sobresaltar mi alma, la llave.

Recibes una llamada de él, y mientras, me recuerdo que soy aquél farsante que te fustiga en éste tu presente que sin querer nos transforma en amantes clandestinos. El suave susurro de tus respuestas remitiendo una sumisa prontitud a su llamado me convierte ¿o me hace? personaje de una parodia de triángulo amoroso. ¡Qué ridícula comedia! ¡Qué baratija de espectáculo interpreto para un público ansioso de buena caracterización y exigente honestidad que reclama en mi actuar! Empiezo a sospechar que te has reconciliado con él, que tuviste intimidad carnal. Que le concediste una tregua. No, no le hiciste el amor, tan sólo fornicaste, te dejaste usar y lo usaste para tal vez amenguar por algunos momentos tu necesidad de afectuosidad, de compañía. Tal vez para calmar alguna crisis nerviosa o ceder al autoengaño de cumplir con un deber falso e involuntario.

Caminar a tu lado se convierte una actividad extraña. Un lento continum que por instantes se me antoja acelerarlo con arranques de besos robados, mirarte a los ojos y dedicarte un poema de Neruda o de Girondo, de Benedetti o mío. Abrazarte es el peor de los intentos por ofrecerte complicidad al final de la tarde. Empieza a oscurecer y tu sepulcral silencio me incita enfurecer mi ánimo y apaciguarlo con un beso en tu frente a manera de intento por activar tu cerebro y rogarle que se conecte con el mío. Pero mi buena voluntad se desvanece con la inmersión de tus deseos, la divagación de tus pensamientos reformulados por la tarea autoimpuesta y el último recado telefónico. Repentinamente rozo tus dedos con los míos, penetro en ellos, llevo al resto de tu ser casi ligero, sin embargo la inamovilidad de ése ánimo por estar en mí, tan pequeño, tan minúsculo se vuelve en contra mía y son mis manos que inopinadamente resuelven por dejarte.

Te hablo de alguien que de repente nunca conozcas. Su vida tan cargada de incoherencias matrimoniales suena tan ridícula en una conversación de tinte banal. Qué te interesará que yo te cuente algo de un tipo tan desperfecto cómo tantos, como tú y yo.

Seguimos andando cómo dos perfectos desconocidos obligados a disimular. Me descubro lleno de cinismo. Estoy inquieto mas no quiero huir. El último resquicio de sinceridad que me habita exige ser cómo soy y, no te miento, ya no hago rabietas de colegial desde hace tanto tiempo y te pido perdón por aquél exabrupto en la tienda.

Llega la hora de la despedida y hace días que espero dejar inundarme con un abrazo tuyo y tan siquiera intentamos mirarnos fijamente para que el suave frío del viento que acompañado por el rugir de los carros grandes y chicos y el bullicio de los transeúntes nos haga más inconsecuentes en ésta interpretación de teatro pseudo-romántico. Deseo consumir tu mirada con la mía y decirte un Te Quiero mientras mis latidos se vuelven lágrimas que contengo también con un silencio de cementerio a media noche y, finjo una rabieta leve de hombre enamorado. Te despides, nos queremos tocar mutuamente con los labios en alguna parte del rostro y, yo sólo quiero al despedirme, haciéndole caso a mi corazón llorón, besarte.

Llego al departamento de José, el único amigo que conservo desde la época escolar. Me recibe con una sonrisa llena de gratitud y presenta a un íntimo amigo suyo, compañero de lides laborales que desde temprano comparten unas copas de pisco. Empezamos a decirnos cosas comunes que se tornan interesantes a medida que entramos en calor de la conversación, hablamos del cáncer que lastra la vida en el cuerpo y de la suprema importancia de una buena alimentación para evitarlo; de espíritus que visitan nuestras casas y del don de aquellos que pueden percibirlos y llegar a comprender o conocernos cuando cruzamos otro umbral de la vida, mira tú, luego me sorprendo hablándoles de la inteligencia femenina. Aunque hoy decido más escuchar que hablar, me doy por no enterado en todo asunto que se exponga sobre la mesa. Me agrada escucharlos. Tengo algo de hambre, no almorcé y estoy confiado en que comeré un montón. Paola, esposa de J. llegará en un par de horas y ruego porque la contertulia sea el mejor paliativo para mi ansia de masticar al menos un pan. Acompañados de música rock, de ésa con la que crecimos que se nos hace única, en la que creemos y no dejamos de querer. En otras ocasiones, otro amigo del colegio, Christian, solía visitarlo  para luego tocar guitarra y cantar y cantar hasta que el licor ya no importe y el sueño nos reclame. A un lado de la sala mi vista se estrella gratuitamente con cuadros de pintura y voy preguntándome cuanto tiempo ha de haberle tomado a P. pintar sus lienzos. Sí, pues, alguna vez, cuando empezaba a enamorarme de ti, añoré encarnizadamente te hicieras amiga íntima de ella, que al compartir un mismo pasatiempo o gusto artístico fortaleciera una amistad a prueba de todo. Sus cuadros contienen pinceladas que afirman una destreza formal en sus manos y me hacen ser un observador escurridizo que prefiere ocultar sus preguntas para darme a mí mismo respuestas y les sonrío a aquello cuyo color preciso dado a las formas que muy bien trazadas se desplazan en sus bodegones.

Llegó P. y me emociona oírla después de algunos meses estando yo fuera de su órbita. Su inteligencia grandilocuente y sencilla al mismo tiempo, me remonta a la amiga cómplice de una época adolescente que encontré en mi hermana R., ahora seria pero que nunca deja de ser juvenil. Agradezco a Dios porque J. haya encontrado una mujer al igual que tú, con una sensibilidad espiritual nada ingenua y siempre dispuesta a dotarnos de su sabiduría incluso sin que ella se diera cuenta. No te engaño, pero tú también la tienes y sólo que el hogar eriazo donde depositas tu sueño te lo contiene, casi te la hace nula.

Retorno a casa a la una con veinte minutos de la madrugada de preparar las Lecturas para mañana. Veo a mi madre saliendo del cuarto de baño con parsimoniosa senilidad e inocente mirar a mi llegada, me sonríe, la acompaño hacia su habitación, le susurro un Te Amo al oído y, le doy un beso de buenas noches. Cruzo la puerta de mi habitación y salta tu nombre en plena oscuridad nocturna. Repaso nuestro encuentro, sin desearlo tendido entre mis frazadas y las sábanas levanto los brazos y lentamente me echo mientras los cruzo y sobre ellos descanso mi cabeza y te pienso, noto que quiero llorar, hacerle caso al corazón. Me enfurezco repentinamente para no sucumbir a la tristeza. Prefiero reírme de mí mismo y voy concluyendo que tal vez soy el más idiota de todos los idiotas que se cruzaron por tu vereda. Me siento burlado por ti, casi estafado. ¿Qué me queda de ti?, duele reconocerlo pero no tenga nada tuyo. Absolutamente nada.

E.

sábado, diciembre 21

Ecuanimidad

       Y si el tiempo sólo consiste en dormir y despertar y luego hacer cualquier cosa. Algo que motive a mis piernas andar y a los brazos manipular. Y si cuando estoy enojado tengo grandes lágrimas de rencor que recorren mis mejillas y procuro lastimar mi frente por el fastidio que conduce a repensar las mismas palabras, los mismos pensamientos fecundados en un retrete o en una almohada-fuente de ideas tibias y delgadas, endebles; y burlarme de la imagen de mi rostro ante las demás ojos-vista de mi alrededor que juzgan con rabia o con risa sarcástica la ridícula impostura de mi peinado y senil mirada. De atormentar mi presente con las manías engendradas por la mediocridad de mis aspiraciones. El vuelo es corto mientras la altura de mis deseos cada vez se vuelven nimios. La fantasía (menos mal) se desvanece, es menguante también cualquier capricho. Cualquier insinuación.

       La ciudad se vuelve menos humeante y más oscura, la putrefacción de sus representantes cómo autoridades hiede entre las axilas de las calles cercanas a los comercios y las casas de desgastada nobleza. Acuden el smog y las mentiras de los ciudadanos a estremecer y apagar los balbuceos de párvulos envejecidos por las imágenes y la música de un momento que se obliga a perdurar en periódicos de oficial circulación...
Estoy pero cómo quedarme cuando mi presencia se vuelve intermitente, soy, pero el ser mi espíritu sigue merodeando entre subidas y bajadas de cerros y calles de basura existencialista y mascullo con los dedos mis pies el ánimo de desgarrar la violencia de los desorientados como yo, de la informalidad de la instrucción pública, la malformación de la disciplina policial y la línea oblicua de la ética de los políticos de la nación.

       En Arequipa la Esperanza es una mujer robusta y muy sensual, pero enana y su chatura física se vuelve sólida con la vitamina que le confieren en grandes lingotes las mineras. Su voz es dulce con el sonar de una billetera que asemeja un cascabel para infante nacido con sordera congénita. Si algunos logramos escucharla, la obesidad de sus mani-obrantes recula con inteligencia obcecada cuyo efecto es mordaz. Aspiramos los sordo-andantes a crecer como engranajes malformados por el esmeril  de una fe paterna mal nutrida e inoculada por sondas de fantasías andinas y letanías importadas. Doña Esperanza no es bonita pero su figura es exacta, su muslos firmes, los senos exactos a su porte, es que es joven y a todos atrae y convence.
      
       Y hoy muero al orden porque quiero, porque al deshacerme del desorden, rebusco por última vez en la habitación de mi cerebro el retrato pequeño del volcán paterno cuyo marco de cobre se dobla cada vez y afecta mi vista...

martes, agosto 27

Enciende la luz

Sí, cómo una afirmación, tal vez una posibilidad. El miedo persiste, pero el sendero se manifiesta a medida que los ojos, somnolientos aún, se despiden de la oscuridad, hay ánimo por dejarse fecundar por nuevos días tornasoleados.
 
Quiero volver, abrazarte y guiñarte el ojo cada vez que sonríes para recordarme que sigues esperando en la puerta. Estás en mí, te pertenezco y sigues inalcanzable a causa de mis dudas. Menos mal se hacen nulas, cada cana, cada cabello desprendido de mi cabeza insulta mi decidia.
 
Insisto. Me es difícil abandonarte. Conservo el deseo lujurioso de ser tomado por ti. Estoy por volver. Nicómaco nace hoy ¿o mañana?...

martes, septiembre 20

Allá...

       De nuevo con una extraña sensación de suicidio. Intento alojar en mi habitación una bala, la cárcel no me conmueve. Sigo arrastrándome a la apatía, puedo leer y leer durante horas sin embargo jamás escuchar. Quizá sea mi soledad, me dejo llevar por ella. Llevo algo de dinero en el bolsillo, podría recurrir a alguna droga, tampoco quiero eso, ya le perdí el gusto. Estoy parado en la puerta principal y cada pierna me contiene pues ¿adónde ir?. Prefiero volver a una celda para jugar con el hedor del ambiente creyéndome que alguien me acompaña. Mi casa, habitarla, no me sirve.

       ¿Amigos? Ya no los hay, ni sé si los tuve. Completamente solo. ¿Buscar una mujer? Pese a disminuir mi distanciamiento de ellas me cuesta volver a alguna. Alguien me preguntó qué he de hacer para calmar los ímpetus de mis hormonas… Sólo rezar.

       ¿Qué si estoy deprimido? Tal vez, pero créanme, no disfruto estar así y mucho menos cuando estoy sano (sin químicos ni nada que se le parezca para “disipar” mi malestar). Hoy deseo llorar y no puedo. No hay escapatoria para la ira que lleva mi memoria, mejor, mi “presente”. Es que mi pasado me condena y acusa con tan señera rabia que me siento frágil. Cómo un muñeco de trapo dispuesto a ser mangoneado por cualquier fuerza humana o sobrehumana.

       ¿Qué si puedo proferir una mala palabra? No. Se me quedó plasmada en mi “habitación” gris aquella frase de que, el tipo que se expresa tan sólo con oraciones soeces es falto de imaginación. Digo, no es por presumir, pero quiero ahora más confiar en mi ingenio que repetir o proferir algo que atenta o acorta lo que quiero decir con mis propias palabras, con conjugaciones que expriman y decoloren esta atormentada materia gris.

       Empecé mal con Dostoyevski, “Recuerdos de la casa de los muertos” me hizo reír e intenté llorar mas no pude. Henri Troyat afirmaba que es una de las grandes obras del maestro ruso. La fuente principal donde emana toda la confabulación de sus novelas emergen de su experiencia de cuatro años en el presidio. Es el sufrimiento de allí y de antaño que lo arrastra a no ser benévolo con nuestra psicología. Puede que haya muerto ahí, y luego intentase revivir, pero, aquello es una vil mentira. Nadie puede revivir, ni mucho menos sobrevivir. Es la vida. Aún en el Cuerno del África sus habitantes viven, es la crítica y la visión del extranjero que les limita esa vida miserable en sobrevivencia o supervivencia, y es que, el ser paria también es un modo de vida.

       Y sí, es que yo vivo, mis días sobre la faz de la Tierra son dictaminados por los bombeos de mi corazón. Voy camino a ser parte de la “evolución”. De hecho, puedo afirmar que el significado de mi existencia no se asemeja a ser el culmen de la tesis de Darwin. El espejo del ropero de mi cuarto, o el reflejo inopinado con el que chocan mis ojos me denuncian que estoy involucionando. Fuera de esta vejez prematura. La vida se me apaga ante los transeúntes.

       ¿Cómo es que estoy vivo? Mis dedos (sujetando un lápiz y aferrando el brazo sobre un papel en blanco, o posados en un teclado de máquina de escribir), son el combustible de mi alma. Le dan alegría y brillantez al grisáceo de mi habitación cerebral. Recogen el oxígeno que mi sangre alguna vez leucémica necesita.

       Endeble y no maleable. Santo y sin mérito blanco para alcanzar el cielo. Aun respiro porque mis dedos redimen un mal día. Me recuerdo que… ¡Quiero vivir!

lunes, septiembre 19

Aquí...

       No creo que se me haga fácil dilucidar nuevamente mientras intento reacomodar mis pensamientos, encuadrar cada una de las palabras que pueden transformarse en un mensaje de auténtico “grito“ de libertad. Después de haber pasado toda la tarde llorando por la suerte de Dostoyesvki a través de una infortunada biografía que culmina en gloria literaria muy a su pesar en vida y después de ella. La paciencia e inteligencia intelectual de un Troyat me deslumbró antes con la vida de Pedro el Grande. Ahora, con Fiodor Mijailovich me conmovió hasta los huesos. Ha tiempo que he leído tanto y nunca escuché entre líneas e incluso en los mismos párrafos. Todas esas novelas, aquellos tratados medievales, o ensayos filosóficos e históricos, siempre los ojeé, nunca los oí. Y es que ahora, hoy, acaso me decida escucharlos. Reviso inmediatamente las Confesiones de san Agustín y de nuevo, lloro a lágrima viva. Pues la semana pasada mis orejas eran las más dispuestas a hacer escuchar a mis ojos todo libro que se ponía ante mis manos, el primero, el del santo obispo, el segundo el “De Profundis“ de Wilde y lloré con más ganas. Al culminar su lectura-escucha recapacité y reconocí que es hora de despertar. Lo que poseo ante mi vista y leo no es mío, tampoco puede quedarse conmigo; pues, lo hurté y otros cuantos, incluso algunos CD de Bach y Mahler. El remordimiento y la consideración me hicieron devolverlos a sus dueños lugares, ajenos a mí y a mi casa.


       Acabo de salir de un enclaustramiento involuntario o a veces demasiado voluntario, el miedo, esta vez, me sobrecogió y anduve deambulando cómo aquéllas ánimas sin nombre y deseando jamás ser reconocido. Me amarré a la pata de la cama para cuajarme con el miedo y disimularle al dolor una indisposición infantil demasiado adulta. He intentado borrar todo vestigio de mi ante los demás sin embargo quedé siendo el mismo. Con las mismas taras y con la certeza insoportable de envejecer prematuramente.

       Qué es la libertad si no el alejarse del mundo y agostar el espíritu, desde el amanecer y hasta poco antes de esconderme entre las sábanas a medianoche. Libre, libre, al fin y al cabo… Nada de eso, suena a mentira. Continúo como anacoreta político entre las veleidades del trabajo, de mis deseos literarios y la misoginia que pretendo desterrar también “ha mucho tiempo”. Escupí muchas veces al cielo y de nuevo fui reo de testarudez ¿Qué es la cárcel para mi? Todo y nada. ¿Pisé algún presidio? Muchas veces. Es que, también, existen cárceles sin barrotes, quizá una ideología empolvada y llena de telarañas; tal vez una manía parafílica sembrada en el orfanato, una letanía que va deshaciéndose a medida que olvido repetirla en los momentos más cruciales del día; el cuerpo de una amante cuya lascivia era destructiva; las oficinas públicas o privadas que transito. La cocina de mi madre y, por último la habitación de mi cerebro siempre equidistante entre el pasado remoto y el pasado reciente. Pues el presente aún no habita en ella...

       Todo lo aprehendido queda en reserva para mi espíritu. Fiodor Mijailovich me llama y esta semana la pasaré con él y, es que escuchar a Prokofiev no basta cuando una sinfonía literaria acusa con golpes intransigentes a la puerta de mi pasividad…

jueves, abril 29

De nuevo la simplicidad o The last letter for...

Eli:

Quisiera empezar preguntándote cómo estás, qué tal te va o simplemente llamarte por la tarde y preguntar ¿qué almorzaste hoy? Pero creo, que a ti ni a mí no nos interesa tal cuestión. Pero hasta hoy me preocupaste, me importaban mucho tus estados de ánimo, tus dolores menstruales; incluso comprarte algo para hacer que te sientas bien, mientras no se me adelantasen las dudas al recordarme que antes viste a tu mascota para alcanzarle su merienda de la una de la tarde. O, mirar los movimientos de los músculos de tu boca mientras masticas lo que menos te gusta al acompañarme a la hora del almuerzo. Quizá, hasta preguntar si te sientes a gusto o “bien” mientras me haces el amor entre las sábanas de mi cama. Y sentir tu piel entre la mía o tus labios entibiando mi sexo.

Ésta es la última vez que te escribo. Es el momento que no anudará posibilidades, ni buscaré futuros. Simplemente, el pretérito de nuestras emociones sobre-saldrán de acuerdo a cómo estoy escribiendo. No quiero retener mi impulsividad ni la espontaneidad de mis últimos pensamientos que empujados por tu nombre, por tus piernas y también por tu parte de adelante se desprenden lentamente y convencidos de que no volverán a desearte. Guardo un extraño sin sabor por mencionarte hechos que, no te miento, quise repetir hasta hace un minuto, incluso mejorarlos. Quizá regalarte una sonrisa, robarte un beso y de repente volver a exprimirnos hasta consumir nuestros huesos.

Te quise, te quiero porque eres parte de mi historia cómo yo lo soy de la tuya, y aunque con el paso del tiempo nos volvamos insignificantes mutuamente, tendremos que sonreírnos con extrema cautela para no dañar lo mejor que vivimos. La sucesión de los días se encargarán de remitirnos indiferencia y concluirán en nostalgia vana. Es una obligación que, por tu parte, has de cumplir, esa la de no mencionar mi nombre, la de reventar en rabia si me ves por la calle y no te salude, pues bien lo sabes, tu amistad no me sirve; precisamente porque me haría sufrir crónicamente al no poder morder tus labios, no confundir mi lengua entre tus piernas intentando conseguir penetrar físicamente en ti y hacer de tu útero mi casa donde me resguardo y el hogar donde tu calor nos alimentaba de amor. O simplemente, como un chiquillo, dejarme llevar de tu mano en una tarde de lluvia aunque estés enojada por mi culpa.

El silencio, la mudés con la que llegué a desquiciar tus días hasta hace poco, te confieso, también me dolía impartirlo. Creo, es mejor aunque pueda que haya muchas cosas qué decirnos, lo dudo de mi parte pues, me parece siempre hablé hasta el hartazgo y tú dando respuestas cortas que carecían incluso de sentimiento sincero. Ahora, callo y para siempre. Ten en cuenta que no me oculto, puedo y quiero mostrar la cara e intentar, inopinadamente, fabricar lo mejor de una sonrisa honesta, no más.

Perdóname por ser impulsivo y a veces repulsivo en momentos inoportunos. Perdóname por ser tan exigente y es que cuando amo lo único que puedo reclamar es más amor.

Te amé, te amo y aunque no lo creas, serás menos libre sin mí y, yo sin ti, igual; el mundo me aprisiona nuevamente, arrastra mis piernas para confundirlas entre la maleza de todos los días; y la calle torna nuevamente el gris del smog en mis narices para recrudecer por la noche de regreso del trabajo sin que ya no vuelvas a limpiar mi rostro para luego desvestirme y yo hacer lo mío con tu saco, la blusa y demás objetos que te protegían de mi libido.

No puedo seguir, tu tiempo es valioso, el mío… ya no importa. Estoy solo y contigo dentro de mi.

Adiós

jueves, junio 4

Otra vez Eusebio

Me encontró en la calle, quería hacerme preguntas de las que a uno le inquieta dar respuestas inmediatas. Llevaba un montón de palabras listas a apuntarlas en mi cuadernillo que llevo siempre en el bolsillo del pantalón. Cuando pienso en escribirlas, me provocan anotarlas en cada cinco o seis palabras, con tres puntos suspensivos, cómo si quisiera seguir dejando en el aire ideas muy propias de mí. Precisamente cuando salía de una tienda de libros. Tardó en dirigirme una primera palabra. Notó que tenía la cabeza gacha y extremadamente pensativo en mí andar ¿En qué piensas? Dijo, cuando levanté la vista para evitar chocarme con él. Le respondí con una mayestática mirada rabiosa como saludo. No quería yo perder la pista a la retahila de imágenes que imploraban ser descritas sin verbosidad con mis manos. Es cierto, tengo las manos desesperadamente impacientes por escribir. No sé por qué pierdo esa emoción gigantesca de escribir y escribir cuando salgo de una librería después de hora y media o más de revisar títulos, leer reseñas, escudriñar índices, mirar carátulas insignificantes frivolizando a autores importantes y enalteciendo a desconocidos famosos del momento. Quería mencionar a ese poco conocido transeúnte, que quiere escribir algo mío sin que la editorial Planeta mezcle con autores de moda y confunda la nueva vida loca que lleva la España trashumante de Zapatero, o que, Alfaguara carcoma mi nombre en ediciones pirata.
-Te he visto caminar así mucho tiempo, me preocupas ¿qué va ha ser de tu vida?
-Mi vida, uhm. Qué poco importa en este instante más que sólo a Dios. Sí, estoy solo. No porque alguien me dejase, si no porque quiero estarlo hasta que maduren mejor mis ideas.
-Entonces, eso, nunca ocurrirá.
-Puede que tengas mucha razón o tal vez, siga yo equivocándome para luego encontrar lo que buscaba. Es que, estoy siguiéndole la pista a ella. En cuanto la tenga, me mostraré de nuevo. O continúe dándome de bruces una y otra vez. Hasta de nuevo sangrar e intentar volver al Psiquiátrico. Hace 17 años que no visito aquel lugar. Sí, tenía trece la última vez que mamá olvidó recogerme de aquel lugar y regresar a casa andando tranquilo. Aquella vez no quise despedirme de nadie. El médico dijo que ya no tenía que volver solo, la próxima sería acompañado de mi madre. Nunca fuimos.

Seguimos caminando y llegamos a sentarnos en una banca de la plaza de armas para continuar acompañados de, un cigarro él, y yo una botella de yogurt. Había pensando no responder a sus preguntas de una vez sentados. Y me encontré algo emocionado por la buena disposición de su semblante y compañía al tornarse más interesante nuestro encuentro casual. Mientras el reloj de la catedral cuyas agujas de fierro oscuro aseguraban acercarse a las tres. El sol de la tarde abrigaba un poco mi vientre refrescado por el sabor a lúcuma de mi bebida. A veces es bueno callar, sentarse en un lugar como éste y mirar la gente vivir sus vidas en una tarde cualquiera. No te aflijas tanto con tu silencio. A tu edad quizá estuviese interesado en otras cosas, quizá los hijos, la esposa o mi obesidad jugándome malos ratos con el sastre. No entiendo por qué te matas de hambre por un libro. Mírate, tu flacura era de envidia, hoy es de lástima. Me pregunto de qué sirve conservar bajo tu cama setecientos libros, más de la mitad leídos y, otros olvidados por tus nuevas adquisiciones. Muchacho, el libro de la historia de tu vida está escrita hasta el prólogo y con algunas notas introductorias, el resto, te hace falta robustecerlo con páginas escritas con sudor, algo de lágrimas y, la misma sangre que lleva desde el principio. Entristecí al oír aquello. Quedé frío por un instante. Me descubrí tendido en el piso abandonado como un cuerpo de indigente asesinado por indiferentes miradas transeúntes. Alargué los brazos y luego mis manos cubrieron mi rostro, jugaba con mi vista con los dedos entreabiertos, intentando escapar del frío del viento, tapo mis orejas para no escuchar el trinar de las palomas. Sólo verlas volar enjaulando mi visión. Cuando me libere, volaré...